Friday, July 11, 2014

Argumentos.

     Son alrededor de las dos de la madrugada y me encuentro solo, en una nocha fría que invita a pasar a sus más altos aposentos donde se puede complacer de calor. Aún así, me veo vestido hasta las neuronas, ya que no hallo momento próximo a encontrar estos altares.

     Sin embargo, logro puntuar con tranquilidad y un tanto de regocijo, que hay muchas historias dando vueltas en mi cabeza, pero sobretodo, en mi alma. Este año ha estado marcado por muy pocos eventos y casualmente, también pequeños. No me quejo de que sean así, al contrario, contemplo cuán grandes llegan a ser las felicidades que estos momentos traen a mi existencia; una buena nota en la universidad, una comida con mi mejor amiga, una corta conversación por aquí y por allá con alguien especial...

     No pretendo creer que estas situaciones lleguen a significar algo para las demás personas, mas es suficiente para mí que signifiquen más que todo. A lo largo de mis dieciocho años de vida, mi transcurso por este largo camino ha sido tema de pocas eventualidades, nada casual y todo casi que premeditado. Aunque por un lado viene siendo algo agradable y a veces hasta conveniente, no trasciende tanto como sí lo podría una casualidad. El carácter de sorpresa de aquello no premeditado es una sensación sin igual, incomparable ante todo lo que se conoce, de un valor que va más allá del infinito en las emociones.

     Sería inválido aunque sí correcto, decir que no han habido ocasiones casuales las cuales tuvieron alguna significación en un instante, pero solo fueron eso, un instante. Quien sea que lea esto dirá que, entonces, me estoy atando a cosas pasajeras y que bien podrían perjudicarme de una u otra manera. No. Eso es un falacia de esas que llaman ad ignorantiam y a la cual yo sí estoy sujeto.

     A pesar de toda la reciente felicidad, hay cosas pasadas que sí extraño con mucho sentimiento. No son personas ni objetos, son momentos. De esos que duran eternidades.

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